IMG-20171121-WA0017[1]

 

Por Alberto (Arnaldo) Bejarano
Otrasinquisiciones@hotmail.com
Bogotaucronica.blogspot.com

 

Comienzo a escribir este cuento en la mañana, en la padaria Arcos de Lapa, como si estuviera en Roma escribiendo sobre la Lazio (¿tendrán algo en común Fluminense y Lazio?). Es martes, al día siguiente del feriado en Rio (día de la conciencia negra) y del partido Fluminense-Ponte Preta en el Maracaná. Fue mi primera vez en el templo del fútbol brasileño, epicentro de la tragedia del cincuenta que tantas veces le escuché a mi abuelo, fanático del fútbol brasileño, como tantos colombianos de otras eras. Antes de la televisión y de las camisetas importadas. Mi abuelo, Julio Enrique, escuchaba los partidos de Brasil por radio. Era un niño cuando ocurrió el maracanazo. Los relatores decían que la gente se lanzaba desde la tercera bandeja de aquel monstruo de doscientas mil cabezas, especie de gorgona tropical que devoraba las almas desoladas, como Garrincha y Elza Soares.

Le doy la espalda a los Arcos de Lapa. Pido un expreso. A un lado veo una pequeña iglesia Bautista, al otro un mural de músicos que no logro reconocer. ¿Quedaría antes allí un bar famoso? Lapa parece partida por un rayo. La iglesia tiene dos puertas, por una salen hombres de corbata, bien afeitados, con maletines de viajantes de comercio (de almas), hablan en inglés, dicen que algún día prohibirán completamente las religiones paganas (se refieren al candomble). Me lo confirma el señor Jackson, coleccionista y vendedor de vinilos de música brasileña, en el corredor externo de la Biblioteca Nacional. Por la otra puerta entran mulatos y negros desesperados. Han olvidado La madre África y a Iemanya (su estatua está custodiada en Pampulha). Mejor volvamos al fútbol…en el partido de ayer vi algo curioso. El recoge pelotas (gandula) más viejo del mundo. Era un blanco, de sesenta años; le alcanzó el balón al lateral izquierdo para el primer gol de Fluminense. Pasó desapercibido. Son los héroes secretos del fútbol, que sueñan con pisar la grama mítica del Maracaná, como mi abuelo, así sea como gandulas. Bogas mágicos de la pelota. Son los Hermes del juego sagrado. A mi lado un señor gritaba, “Fernando Bob, meu ídolo, faz um pênalti, Nossa, seja Nossa salvação”. Se refería a un ex jugador de Fluminense que entró en el segundo tiempo para Ponte Preta. El gandula, como un fantasma, apretaba al juez de línea disimuladamente, le decía cosas secretas, ¿invocando Chango o a Rivelino?-, lo forzaba a pitar fueras de lugar imaginarios. Todo eso cuenta. Son los héroes secretos del fútbol…

Mientras escribo este cuento, los meseros y habituales no hablan de fútbol. Alcanzo a comprender algunas palabras, esquivas. Un nombre me persigue desde que llegué a Brasil, me aterra, como le sucedió a Guimarães Rosa con un cadaver que lo acechaba en Bogotá en 1946 (ver su cuento ‘Páramo’). Hablan de un tal Bolsonaro. No quiero tener la misma premonición de Guimarães Rosa con Bogotá y Colombia, pero estoy pesimista.

En el café suena, I can t stop loving you de Michael Jackson.
Lloro por Garrincha y Elza, lloro por mi y mi Elsa poeta.
Lloro por Bogotá y por Rio.
Lloro por Colombia y Brasil.

En el diario de hoy se ve la foto de Henrique Dourado llorando ayer después de marcar el segundo gol de Fluminense. En el país de la alegría, la tristeza pega más duro, como el sol quemante de Itapoa de Vinicius de Moraes. Perdón por escribir en primera persona, por buscarla.

En el mural busco en vano a Garrincha con Elza…ayer Fluminense se salvó de caer a la B. Ojalá sea la corazonada que necesitamos, la salvación que precisamos, colombianos y brasileños. En vez de Bolsonaros y Lleras, Sócrates y Andrés Escobar.

Termino de escribir este cuento al atardecer, mirando el mar desde el Parque de las ruinas. Habrá un concierto de candomble…

 

IMG-20171121-WA0019[1]

Anúncios